19 dic 2010

Espiral



Newark Airport, NJ, USA, Año 27 Era Orwell.

En la madrugada, aún bajo la penumbra, llegamos a la ciudad que otrora guardara maravillosamente el imponente coloso. A pesar de la hora, en el puerto y a lo largo de la ciudad-nueva el movimiento era constante. Sonidos estridentes, voces en diversos idiomas, música frenética, automóviles y camiones que salían de las entrañas de los cruceros, gente que subía y que bajaba, otros que permanecían a la espera de un rencuentro, unos pocos que no se inmutaban de absolutamente nada. Franqueadas las murallas, las estrechas calles del siglo XIV nos rodearon y nos aislaron haciéndonos penetrar en un interior que ignorábamos. Sería parte de un engaño afirmar que ninguno tenía miedo. La iluminación de la mayoría de tramos que debimos realizar al interior de la ciudad antigua, parecía más próxima a siglos ya vividos y mal recordados que al presente de donde veníamos. Junto a las sombras éramos espectros anacrónicos. Nuestro mapa, una quimera. Tomar por la más pequeña de las calles se mostraba como una travesía no tanto urbana sino temporal. Absolutamente perdidos, pero además vulnerables. Si sobre nosotros hubiera saltado un impredecible ataque nocturno, no hubiéramos sido victimas sino testigos de alguna crónica de cruzados. La ciudad, con su sueño y su memoria, nos empujaba sinsentido. Fácil era confundir la ruta pero continuábamos guiados por un instinto como si ya habitáramos un tiempo pretérito. Un espiral trazaba las fronteras no sólo espaciales sino ejecutaba magistralmente un brusco cambio de proporciones temporales. Imposible sería separar cada fragmento de esta espacialidad en la cual nos perdíamos de las fugacidades de movimiento temporal en las cuales no sumergíamos. Pronto no nos reconoceríamos, ni entre nosotros ni con nosotros mismos. Pronto nos presentaríamos como indescifrables ; extraños sujetos que no se identificarían. Forastero para los otros, extranjero para sí. Inmediatamente después de nuestra conversión en desconocidos, los acertijos urbanos serían rebelados y cada cuál, con facilidad, tomaría su rumbo.

Ρóδος,
Año 26, era Orwell.

8 nov 2010

Geburt

Los textos de Borges, para muchos, son un laberinto de sentidos. Por momentos la risa, otros tantos la intriga, el tiempo que se deshace y se repliega en sí, el ser en sus quebradizos caminos. Aunque sorpresa no pueda causar, una simple frase de uno de sus relatos hizo detener el tiempo ; por lo menos, el que me concierne. Procederé con la mayor economía y suprema claridad.

Borges cede su pluma ; se limita a ejercer el rol de editor. Por su parte Otto Dietrich zur Linde se inclina ante el gesto ; decide hablar después de guardar silencio durante todo el proceso que lo sentenció a ser fusilado por torturador y asesino. Reseña él apartes precisos de su vida, sin embargo no divaga por la memoria sino diagrama la ruta de un mapa a descifrar : « Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo ». Militando como soldado orgulloso de su fé, un primero de marzo de 1939, como si estuviese escrito desde siempre, un atardecer, unos disturbios, una calle en Tilsit, dos balas y su pierna amputada. « Morir por una religión es más fácil que vivirla con plenitud ». Poco menos de dos años después, nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz. A pesar de lo poco grato, lo entendió como un examen para investir el nuevo hombre que exigía despojarse de toda piedad ; por ello, nunca obró con negligencia. Una sensación de jovialidad le cobijaba, una emotiva exaltación en la sangre y hasta un nuevo sabor en el sueño. « Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos ». Se abre paso la derrota ; primero la familiar (su hermano pereció en Egipto, la casa natal destruida e igual suerte su laboratorio), finalmente la del Tercer Reich. Aunque se entendía vencido, un sabor a felicidad hace presencia. Para explicar tal misterio ensaya tres hipótesis sobre la satisfacción que le produce la derrota. Ninguna le satisface ; ensaya de nuevo hasta encontrar la verdadera. Ésta habla de la concatenación de los hechos, de la silenciosa continuidad entre los pueblos, de las inaprensibles consecuencias de un acto. Tal verdad está expuesta de la siguiente manera :
« Arminio, cuando degolló en un ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán ; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia ; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914 ; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó »

Nuestro tiempo canta un victoria, conmemora una derrota ; la misma derrota que dejaba en Otto Dietrich zur Linde una sensación de felicidad pues bien sabía él, o bien reconocía él, que la derrota del nacionalsocialismo no era otra cosa que la apertura a un nuevo tiempo por él creado. En el momento en que era hecho prisionero y conducido a jucio, sobre él se levantaba el resplandeciente cielo por el cual dio batalla, era mutilado y se hacia inmisericordioso. Su muerte se bañaba de júbilo y su cuerpo, tal vez tembloroso, un poco por miedo, mucho más por regocijo, repetía : « Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima »

Me atrevería a afirmar que todo el relato, principalmente su alucinación espectral del futuro presente, podría ser sintetizado en una sola frase –aquella que detuvo mi tiempo- escrita de tal forma que compondría un nuevo texto capaz de conservar todo lo que Deutsches Requiem transmite. Ese nuevo texto se escribiría de la siguiente manera :

[…]

Hitler believed fighting for a country, but fought by all, even by those he attacked and hated
Гитлер считал, борющихся за страну, но сражались на всех, даже тех, кого он напал и ненавидел
Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó
היטלר האמין נלחמים עבור המדינה, אבל נלחם על כולם, אפילו על ידי מי שהוא תקף שנא
هتلر يعتقد ان القتال من أجل البلد ، ولكن قاتلوا من قبل الجميع ، حتى من قبل أولئك هاجم وكرهت
Hitler croyait se battre pour un pays, mais combattus par tous, même par ceux qu'il a attaqué et haï
希特勒认为,一个国家而战,但即使打了所有那些攻击和恨
Hitler credeva che lottano per un paese, ma combattuta da tutti, anche da chi ha attaccato e odiato
Ο Χίτλερ πίστευε αγωνίζονται για μια χώρα, αλλά αγωνίστηκε από όλους, ακόμη και από εκείνους που επιτέθηκαν και μισούσε
היטלער געגלויבט פייטינג פֿאַר אַ לאַנד, אָבער געקעמפט דורך אַלע, אַפֿילו דורך יענע ער קעגן און פיינט
געהאט
Hitler glaubte kämpfen für ein Land, sondern kämpfte mit allen, selbst von denen er angegriffen und gehasst

[…]


Paris, año 26 era Orwell

3 nov 2010

Okapia


Okapia


“Voy a perderme en frases inocuas y manifestaciones melodramáticas.
En la niebla, allí, probablemente, me extraviaré.”

- ¡Shh… apaga la vela, silencio, alguien asoma, algo se condensa!
Indudable presencia material; señal que disuade todas las figuras de mi imaginación, mis delirios y mis sueños. Por tercera vez el hielo de volcán intenta reclamarme la vida, maestro de nociones recónditas, cenizal de historia, crisólito inmaculado. Heladas llegan desde el cráter del Vesubio por la misma senda que el desertor abrió, Espartaco está aquí, a discreción me interroga con su mirada. Hoy no me visita el retoñito de la vaca multicolor que lleva un arpón de escorpión por cola. Un cieno negruzco entre el blanco cauce inmutable se desborda mudo, ostra.
Pero el camino que no es prudente, no conoce de silencios habla, -dice-: -m e m o r i a; -dice-: -23 puñaladas asesinaron a Julio César, XXIII para el museo magnicidio, veintitrés para formar un charco de palabras: 1. Plasma, 2. Oxido, 3. Filarmónica, 4. Sensualidad, 5. Rex, 6. Borde, 7. Roma, 8. Gacela, 9. Diablo, 10. Séquito, 11. Velocidad, 12. Célula, 13. Púrpura, 14. Brillo, 15. Golconda, 16. Taumaturgia, 17. Cuerpo, 18. Megalomanía, 19. Trémulo, 20. Deberías, 21. Besarme, 22. Cainita, 23. Tripalium.
También en el camino hablador habitan herejes del siglo VIII de rumbo paralelo a la altura de la cruz. Otros más contemporáneos rezan un maitines hierático por la memoria de Merrick. Pero el camino perdámoslo, haciendo por alcanzarlo una multitud que presencia la electrocución de Topsy, las corrientes en guerra, (otra conmovedora historia elefantina) una humillante situación de ruina, de desarraigamiento y cinismo, una mañana de carabineros en formación. El camino no se calla, tengo tu voz y esta tragedia de antiguas victorias. El camino es tensión y conflicto ¿Cómo alcanzar el menos transitado? Sólo queda la carretera perdida de sus propios dolores, las rutas no existen. Ya no somos libres de querer espantar los recuerdos.
Esta no es la historia de mi plan de huida, hay lugares que nos retienen para siempre. Es lluvia de perdigones que revolotea el azul profundo, dejando a su paso un esparzo de pólvora gatomusa. Es cadáver de albatros en fuga hacia el brumoso vacío. Cadáver que duerme mientras flota sobre el océano jorobado de sepias carnosas. La vida es larga como sus alas y hay que conocer las formulas para ahogarse, crecer cerca del mar, hay que saber desaparecer.
Conjuré un pacto inexorable, tentado por la obscenidad, caído en maldad. La tentación del momento magnético elemental. La fuerza febrilmente copulada. El concurso secreto del amanecer mancillado de tus hermosas libélulas que pasean por mi ramal de memoria. Inter espacial fotosíntesis de tus fluidos y los míos, oyéndose de súbito en el choque de un acueducto que rompe todas fibras. Movimiento ascendente de nuestra marea. Amancebamiento nuestro supremo. Leche azucarada en desbandada. Esta noche avisa la certeza de un acercamiento fatal ¡Despierta fiera silenciosa del cúmulo estelar y reemplaza los caminos inhóspitos de la imbécil alegría! Soledad: un bastión para los escondidos. Las historias de vida y muerte ocurren todos los días.
Columnas de gatomusos agazapados en el norte del bosque me buscan, me vigilan estas heridas abiertas. Espeso es el polvo esta noche, enfantasma el vaho de nuestro toldo. Viene ella, derramara su sangre de niebla condensada, (Es la niña que alguna vez viste a horas imprevistas) todo se oculta, todo cambia cuando exhibe su azabache manto, nos aguarda, no se deja retratar, pero, probablemente se dejará seducir. Desaparece cuando han culminado sus actos de nigromancia y hechicería; y hasta nos deja ver la aridez de un paisaje que no arderá con el sol y no despertará cada noche de la muerte.
Ambos se alistaron para partir de allí:
- Páramo, páramo, corre, corre, huyamos de ésta fría harina que se empotra rápidamente y asalta nuestro blanco funeral.
- No prendas hogueras, espérame en la posibilidad del camino soñado, ya sabes, al sur. Seré quien lleve la nitroglicerina, el serrín y lo que haga falta. En esta violenta noche la intuición será nuestra amante y aliada.
- No te dejes caer, ni doler. Mi vida, déjate enlazar por el cielo abierto, donde mañana correrán nuestros okapis de algodón
- Envíen mi muerte desde el cráter del Vesubio por un sendero de laurel cerezo y amanitas, copos de avena y baldosas enjabonadas, así tardará mucho en llegar.
A la mañana siguiente:
- ¡Mira una manada, okapis! Ya basta de llorar que está saliendo el sol...
- Okapis, un perro, un gato, tú y yo.

                                                                                                                         Bogotá. Año 26 era Orwell


28 oct 2010

Terminal


Port authority bus terminal, New York City, año 26 era Orwell.
Terminal

Me llamo Jean Quevreux. Tengo 54 años. Oficio: escritor. Sí, me dedico a escribir. He vivido de escribir y mi vida es escribir. Estoy en una pequeña habitación de un hotel. Bueno, no, no es un hotel. Es un hospital. Uno del otro no está tan lejos ni en su familiaridad etimológica ni en su contenido. Hospital viene del latín hospes, sustantivo que significaba tanto huésped como hospedador y de donde proviene la palabra hospitalidad. Por su parte, de la contracción del latín tardío hospitalem surge, para el francés antiguo, hostel que será modificada mediante la presencia carismática del acento circunflejo (^) que siempre esconde debajo de sí la historia de una s abolida: hôtel. Esta palabra servirá de modelo para otros idiomas como el inglés, el castellano, el italiano, el portugués quienes sumarán una segunda mutilación: hotel. Pero este recorrido erudito no sirve de nada. No importa. No interesa. He perdido el tiempo al escribir esas palabras y tal vez pérdida también para quien logre leerlas. Si dije hotel y no hospital es porque me siento confortable aquí, como si hiciese un placentero séjour en el campo, rodeado de comodidades y atenciones, servicios y pleitesías. Pero esa confusión, esta aparente confusión puede no ser sino un deseo de confundir las cosas, una escapatoria a un hecho concreto, el último recurso a la huída. Pero debo ser claro, sincero, no sé sincero con quién, si conmigo mismo o con quien pueda leer estas palabras. ¿Qué cambiaría si digo que es un Hotel y no un Hospital? ¿Qué efecto podría tener en el lector accidental de estas líneas? Lo desconozco, pero aún así seré sincero, claro. Estoy en la habitación 215 del pabellón de Cuidados Intensivos del Hôpital Lariboisière, magestuosa construcción decimonónica cuya capilla yace en uno de los extremos coronada por las silenciosas estatuas vigilantes de la Caridad, la Esperanza y la Fé. París, 2 rue Ambroise Paré, Galería Elisa Roy, puerta 16, segundo nivel, giro a la izquierda, corredor al fondo, quinta puerta a la derecha, número 215, cama del fondo. Son dos camas, dos pacientes que esperan a la bella dama que nunca falta una cita. Según he podido entender, mi compañero de habitación sufre, desde hace bastantes años, de insuficiencia hepática cuyas causas se han ido agravando hasta el extremo de ser visitante de esta sala. Aquí todos somos visitantes, todos y todas estamos de paso. Cada uno de los que ocupa un lugar en este pabellón, en algún momento lo abandonará. Estamos todos de paso. Los servicios que recibo -hablo por mí, ¿cómo puedo hablar por todos aquellos a los cuales no sé cómo tratan?- me empujan a permanecer aquí más tiempo. Creo que eso ya lo dije, bueno, qué más da, que quede claro pues soy sincero. Pero me engaño, vaya paradoja yo que sólo quiero ser honesto, me engaño a mi mismo cuando digo eso, pues se sabe que no estamos sino de paso. Venir para partir, para ya no estar aquí. De tal forma creo que mi compañero de cuarto pronto va a dejarme solo, partirá con su familia, o mejor sería decir que será su familia la que parta con él, tristes, acongojados, repudiando la vida por su contrapartida, reclamando a Dios por las injusticias cometidas contra un buen servidor de su fé. Bueno, esto último es deducido, pues cuando sus familiares vienen a visitarle, cuando se hace posible que vengan a visitarle aquellos que yo identifico como sus familiares, rezan. Oran juntos, hablando por él, orando por él, rogando por él y por él. Hacen un círculo en torno a su cama y finalizan sus murmullos aseverando ante la autoridad divina que él nunca dejó de ser un buen hijo de Él. Los escucho, suavemente, dulcemente, algo distante pero identifico los sonidos. Desde donde estoy logro ver sobras, sospechar movimientos, intuir la formación estricta que toman, el ritual que realizan. Si pudiera tan solo girar un poco mi cabeza podría todo el cuadro registrarlo con tanta claridad que dibujaría sus rostros, delinearía sus expresiones, definiría sus edades y jugaría con las posibilidades filiales entre unos y otros, pero no puedo. No tengo ningún aparato ortopédico que me impida mover mi cabeza, pero me resulta imposible. Igual pasa con mis piernas, con mis brazos. Nada me obstruye, pero nada puedo mover. Tal vez las desbordantes atenciones se deban al hecho de estar postrado en esta cama. Me saludan, me hablan, me peinan, alguna enfermera intrépida me afeita como si supiera de antemano que nunca ha sido de mi gusto dejarme crecer la barba, me asean, me hacen masajes por cada parte de mi cuerpo… no es por generar envidia, pero es verdad, cada rincón de mi cuerpo disfruta de las estimulaciones táctiles que periódicamente un grupo de enfermeros y enfermeras –mi inclinación sexual queda abierta a vuestra propia interpretación- vienen para divertirse y disfrutar de mi piel y de mi voluptuosidad tanto como yo con sus juegos quiroterapeuticos. Todo ello por el simple hecho de no poder ni en lo más mínimo producir siquiera el más diminuto y efímero movimiento. ¿Mis ojos? ¡Vaya pregunta! Responderé diciendo que una pared blanca se me presenta como único horizonte disponible y que con regular frecuencia se me aplica Restasis para estimular químicamente la lubricación lagrimal que no produzco dada la carencia de parpadeo. Pero para seguir siendo sincero como lo he sido hasta el momento, no son los ojos lo que me angustia, son mis manos, oh! mis manos que nada escriben, porque no es tampoco el acto de escritura el que me hace desvariar o perder el sueño pues en mi mente aún escribo, cada uno de nosotros aún siendo analfabeta logra en su mente escribir, trazar líneas, hilar grafemas… ; así he pasado el tiempo en este apacible lugar, escribiendo, grabando en una rúbrica irregular las palabras que surgen, pero sin mis manos, sin mi voz, sin siquiera el parpadeo nada será legible.


Paris, año 26 era Orwell