9 ene 2011

Árbol

Vancouver, Canada, Año 26 Era Orwell

La nueva se difundió como noticia mala. En parte lo era, pero también era el destino lógico de un espejismo cuando deja de verse. Los habitantes de la región, dueños de todos los secretos del bosque y lectores inconfundibles de las señales del cielo, permanecían entre la tristeza y el desconcierto. « Ha desaparecido, como desaparecen las imágenes del sueño ». Mientras unos recorrían la zona en busca de huellas, rastros, señales o rumores que pudieran como mínimo explicar el fenómeno y en lo posible dar con su paradero, otros se dejaban caer en el silencio y en la más profunda resignación. « No hemos visto ni sus colores ni sus formas , tampoco sentido sus aromas »; « No vale la pena moverse tras él, indagar sería nuestro delirio ». No obstante aquellos que emprendieron la búsqueda decisiva, traspasaron la frontera del mundo conocido y se aventuraron en la tierra que está más allá de la fantasía. « Un árbol de hojas regulares, coloridas y robusto tronco que varía según el sueño de los hombres ». Ante los advenedizos, miradas despectivas por ver en sus palabras la personificación de la locura. « ¿... de hojas verdes, amarillas, rojas, azules...? ¿...cuadradas, rectangulares, triangulares, cilíndricas, cúbicas...? ¿...que sus sobra desprende olores perfumados? » Desconcertados por encontrarse en un mundo donde sus habilidades estaban neutralizadas, aún más, donde su conocimiento pasaba a ser objeto de risa y de burla, decidieron volver tanto los que entendían el destino como fatalidad, como los que entendían la adversidad como prueba de la sabiduría. «Es un mundo extraño ese de allí afuera, está lleno de grises: cielo gris, caminos grises, ríos grises, frutos grises, casas grises, palabras grises, olores grises, personas grises... » Sin que los que volvían se diesen cuenta, un hombre sorprendido con el relato de aquellos desconocidos decidió seguir el camino de éstos y emprender el rumbo para descifrar sus palabras. Sabiendo ocultarse, llegó hasta el destino propuesto. Sin atreverse a hacerse visible, recorrió el bosque deteniéndose en cada detalle. Tiempo después, ya entre sus pares, el relato de su aventura franqueó la incredulidad. « Es un bosque extraño ese de allí afuera en el que surge un sólo tipo de árbol: sus hojas son coloridas, unas verdes, otras amarillas, otras rojas, las hay azules, también violetas; éstas tienen formas geométricas: cuadrados, rectángulos, triángulos, cilindros, cubos, poliedros designan sus figuras; descansar bajo su sobra es deleitarse de los más diversos aromas y su tronco, cada mañana perpetúa por un solo día una imagen de la dimensión onírica ».

Paris-Nice, año 27 era Orwell

Presagio


Burnaby, Canada, Año 26 Era Orwell.

He visto circular en el cielo, el plácido vuelo de las aves que visitaban la más majestuosa de las casas de Dios. No llovía, aún no llovía. Parecían desde el aire anunciar algo nuevo, algo venidero. Me encuentro completamente inhabilitado para comprender los signos que trazaban. Detengo mi paso, el aire me llega con pausa, dirijo mi mirada al cielo y allí las veo trazando réplicas celestes de la plaza de san Pedro. Cuánto habrán viajado hasta este firmamento, viaje de peregrino o viaje de exiliado, no lo sé. Sé que avisan algo nuevo, algo a acontecer en el futuro inmediato, pero el resto lo ignoro. No obstante llega a mí la certeza de que no se trata del preludio formal del invierno, como tampoco la primera señal de la profecía de san Juan lo que se traza sobre esta sacra ciudad; ni ciclo natural ni juicio justo y misericordioso. A mi alrededor no hay nadie más que mire el cielo, nadie más que detalle el vuelo, tampoco alguien que intente descifrar los enigmas celestes y divinos. Todo esto me sabe a tragedia.

Città del Vaticano,
 Año 26, era Orwell