9 ene 2011

Presagio


Burnaby, Canada, Año 26 Era Orwell.

He visto circular en el cielo, el plácido vuelo de las aves que visitaban la más majestuosa de las casas de Dios. No llovía, aún no llovía. Parecían desde el aire anunciar algo nuevo, algo venidero. Me encuentro completamente inhabilitado para comprender los signos que trazaban. Detengo mi paso, el aire me llega con pausa, dirijo mi mirada al cielo y allí las veo trazando réplicas celestes de la plaza de san Pedro. Cuánto habrán viajado hasta este firmamento, viaje de peregrino o viaje de exiliado, no lo sé. Sé que avisan algo nuevo, algo a acontecer en el futuro inmediato, pero el resto lo ignoro. No obstante llega a mí la certeza de que no se trata del preludio formal del invierno, como tampoco la primera señal de la profecía de san Juan lo que se traza sobre esta sacra ciudad; ni ciclo natural ni juicio justo y misericordioso. A mi alrededor no hay nadie más que mire el cielo, nadie más que detalle el vuelo, tampoco alguien que intente descifrar los enigmas celestes y divinos. Todo esto me sabe a tragedia.

Città del Vaticano,
 Año 26, era Orwell

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